Barroquísimo y mestizo.
¡He de construir mi castillo! Sobre lo más alto del cerro, desde donde domino mi hoyada y de frente a mi anima nevada, donde el aire raspa los pulmones al ascender arriba por 1000 zigzagueantes gradas que se hacen paso por senderos y cuestas. “Más es menos” se omite en esta ocasión, pues aquí esto es barroquísimo y mestizo como la esencia de mi ser, de mi pasado y de mi futuro.
Con mis propias manos levantare sobre hiladas de tierra y paja de mi memoria, y surgirán encofrados con lo nuevo, caementum con ladrillum, se alzaran sobre el paisaje con bordados de acero y yeso que darán la bienvenida al gran sequito de pasantes e invitados.
Una escalera los conducirá al gran salón, toda una catedral a devoción del preste, con una nave central y dos laterales, franqueadas con filas de columnas que giran como ruecas de hebras de colores que sostienen los pisos donde la música retumbara el vacío. Pinturas como si fueran aguayos que se tejen en toda superficie libre, en un extremo grandes muros de espejos como los de Versalles multiplicaran cada movimiento de los presentes. Un delirio de colores y luces de neón bajo los plafones y nervaduras de los que cuelgan lámparas de ojos de diablo.
Sobre esta fiesta arquitectónica he de edificar las estancias de mi ascendencia, una sobre otra y en la última loza, como si de la misma tierra se haya elevado a lo más alto, se posara mi morada como la corona que remata el cerro.
Una challa de aquellos anunciara su estreno, vendrán de todos lados a presenciar esta celebración, una procesión de danzantes colmaran la pista de máscaras, polleras, plumas, todo un frenesí multicolor, muros de parlantes que reverberan los bajos al ritmo de una morenada mortal que resonara en toda la ciudad, ¡mi castillo por fin se ha terminado!
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